IDENTIDAD Y EL FENÓMENO DE LA INMIGRACIÓN

El eurodiputado y profesor Samir Näir, en un debate sobre Inmigración e Identidad cultural organizado en Zaragoza en el 2001 vino a expresar las siguientes ideas, totalmente vigentes,  que nos clarifican acerca de lo que ocurre en torno a la inmigración cuando se le da un tratamiento político instrumentalizado.

identidadinmigracion

El problema o la cuestión central de la inmigración no es la identidad. Este tema siempre ha devenido de la politización de la inmigración. Históricamente la inmigración no se plantea en términos  de identidad, esto sería tanto como implícitamente adjudicar a los grupos humanos o sociedades, identidades homogéneas en bloque, identidades monolíticas y fósiles, cuando la realidad es bien diversas y fluctuante.

Los inmigrantes, por lo general,  desean de verdad integrarse, fusionarse con la sociedad de acogida.  La condición de inmigrante es siempre transitoria, nadie aspira a ser el eterno inmigrante, otra cosa es que no es posible, aunque se desee,  borrar los signos del origen más perceptibles: acento, color, vestimenta,… La realidad del inmigrante tiene una posición ambigua que juega permanentemente con el pasado, el  presente y el futuro, ese futuro anhelado que le movió a dejarlo todo atrás y a emprender el desolado camino de tránsito de una cultura a otra.

En el proceso de aculturación el aprendizaje de la lengua, de las pautas y reglas de comportamiento en la nueva sociedad de acogida, son las primeras necesidades apremiantes del inmigrante, y en este proceso gasta unas energías infinitas. La  preocupación por la identidad que demuestras ciertas comunidades nacionales, ponen el acento en el aprendizaje del idioma (Francia exigirá que el inmigrante, antes de pisar suelo francés, además de saber la lengua de Molière conozca los símbolos de la República y la Marsellesa –Nov-2008-).  Lo que está comprobado es que la gran mayoría de los inmigrantes aprende la lengua y tiene interés en ello, pero saber francés o español no les va a hacer más franceses o españoles porque ese sentimiento de identidad y arraigo participa de otros  muchos factores.

La identidad se mezcla con la cultura y desde un punto de vista analítico se debe diferenciar lo que es la “cultura instrumental” y la “cultura expresiva”.  La “cultura instrumental” está constituída por las destrezas, competencias y conductas sociales necesarias para vivir y contribuir a la sociedad de manera satisfactoria. Mediante la “cultura expresiva” nos referimos al ámbito de los valores, las cosmovisiones y los modelos de relaciones interpersonales que dan sentido y sostienen la conciencia del “yo” (C y M.M. Suárez Orozco). Tal es así, que el Estado lo más que puede lograr, y lo logra por el propio interés del inmigrante, es que domine la cultura instrumental, en la otra no puede ni debiera actuar, desde un punto de vista ético pues pertenece al ámbito de los más privado y propio de la persona.

Periódicamente, al ritmo de las crisis económicas, Europa es sacudida por fervores chovinistas y antiinmigración  aludiendo  a la ruptura social que la inmigración provoca. La ideología identitaria, que cíclicamente recorre Europa, tiene más como función proporcionar un complemento emocional sobre todo a las clases medias que han perdido toda idea de futuro y servir de demarcación social, cultural y política frente  a los nuevos pobres en las sociedades ricas.

Lo peligroso de jugar con las identidades  es que éstas  se articulan en torno a prejuicios que fácilmente derivan en manifestaciones y actitudes racistas, el apercibimiento del que viene en busca de trabajo  como el extranjero, como el diferente remarcando la “diferencia”,  su “alteralidad”.  Es lo que Jürgen Habermas denomina  el “chovinismo de la prosperidad”.

La cuestión de la inmigración es ante todo una cuestión de derechos y deberes que no prejuzga el devenir de la identidad en la sociedad. El inmigrante podrá elegir su evolución cultural siempre que respete las leyes del país. El Estado democrático, por su parte, está obligado a transmitir la lengua, códigos y normas al ciudadano, vehículos indispensables para integrarse y acceder al “nosotros” común.

Por tanto, lo que nos confiere de verdad identidad y nos vuelve iguales en el espacio público es el conjunto de derechos y deberes y su aceptación y cumplimiento, respetando la singularidad en el espacio privado.

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