EDUCAR PARA UNA SOCIEDAD MULTICULTURAL , EDUCAR PARA COMPARTIR

Hasta hace unas pocas décadas, pongamos hasta los años 80, vivíamos aún inmersos en la cultura industrial. Esto suponía que la educación, también, estaba imbuída del espíritu y la ideología que rodeó la creación de esa sociedad industrial. En esa sociedad que se construyó en torno a la productividad, competitividad  y la eficiencia, era fundamental la persona competitiva, autosuficiente con ánimo emprendedor y capaz de superar los retos de un déstino  prediseñado. Las generaciones que se criaron y educaron en esa civilización y mentalidad se educaron y prepararon en un individualismo feroz. Las culturas de esa época aspiraban a la homogeneidad que, se suponía, las hacía más cohesionadas y eficientes y a tal fin se educaba a sus miembros. Todo lo extraño o foráneo era visto con suspicacias.

Pero con el desarrollo de la sociedad industrial vienen las migraciones y la mixturización de esas mismas sociedades. Se acabó la homogeneidad, si bien al principio los emigrantes trataban de fusionarse, fundirse, pasar desapercibidos, con la globalización y las nuevas migraciones trascontinentales eso ya no es posible. El color inunda nuestros pueblos y ciudades, no hay posibilidad de camuflaje y empieza a cambiair la mentalidad que ve la fusión como algo inevitable, al principio, bueno, enriquecedor y hasta deseable al fin. Hay que aceptar que somos muy diversos y que esa  diversidad es una riqueza porque nos aleja del ensimismamiento al que pueden ser conducidos los pueblos y las culturas, y que es el principio de la decadencia y el fin.

En el mundo global las migraciones, además de económicas, son por otras muchas razones, pero predominan las económicas. Muchas zonas de la tierra están sumidas en una pobreza inaceptable a la vez que suministran metales y recursos que el mundo desarrollado necesita, imperiosamente, para desarrollar su industria. Lease coltán, indio u otros metales raros imprescindibles para la construcción de nuestros teléfonos móviles, ordenadores, etc. quizás sea el peaje que  inexorablemente tenemos que pagar. Estas migraciones y el flujo de mercancias y materias primas ponen en evidencia la interdependencia de todas las naciones, de todos los pueblos, de todas las personas. Nadie seríamos lo que somos sin esos movimientos migratorios. Esta nueva realidad exige una nueva educación de las personas. Lo de fuera, lo que nos viene, no es el extraño peligroso, es el otro de mi yo. Somos complementarios como las dos caras de una misma moneda. De una educación para la independencia, el individualismo y la competición, tenemos que ir a una educación para la interdependencia, para compartir, para cooperar. Nadie es autosuficiente y los países desarrollados menos que nadie, nuestro progreso se ha hecho, en la mayoría de las ocasiones, a costa de expolio, sangre, sudor,  muerte y esclavitud. No somos inocentes, como no somos independientes. Ese mito se tiene que caer y la educación tiene ese inexorable deber de formar a las personas para este mundo global interdependiente y mixto.

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